Bernal Díaz del Castillo describe con sumo detalle la impresión que pudo haber sentido un soldado español, católico y sin educación, al ver de cerca la vida diaria, las costumbres y los rituales de una civilización totalmente desconocida. En esos días los aztecas eran una de las culturas más avanzadas del mundo, tenían una sociedad compleja y bien educada, pero probablemente lo que más le impresionó fue su religión.
Los aztecas practicaban el sacrificio de hombres, mujeres y niños en diferentes rituales. La mayor parte de los sacrificados eran prisioneros de guerra capturados durante alguna de sus famosas Guerras Floridas. La manera más común era la extracción del corazón palpitante de un cuerpo vivo, sin embargo este ritual estaba reservado únicamente para Huitzilopochtli, dios del sol y la guerra.
Y ¿quién era este dios con tanta sed de sangre?... Se sabe que era una deidad menor antes de que los aztecas se establecieran en el Valle de México. Una vez fundada la Gran Tenochtitlán uno de sus sacerdotes se abocó a reformar la religión sincretizándola con la del los pueblos circundantes, más civilizados en aquél entonces. Junto con Tlaloc, dios de la lluvia de reciente adopción, Huitzilopochtli adquirió así el rango más importante.
Su nombre significa “la izquierda del colibrí”. En la cosmogonía mesoamericana el colibrí representaba la fuerza de voluntad y el lado izquierdo correspondía al punto cardinal sur, y a los colores del día: azul y amarillo. Por lo tanto Hutzilopochtli era el dios voluntarioso que moraba en el sur y al ser señor de la luz se encontraba en constante lucha con la oscuridad.
Según la leyenda su madre Coatlicue (la tierra) lo engendró cuando tocó una bola de plumas. La hermana mayor, Coyolxauhqui (la luna), creyendo que su madre había concebido de manera impura, organizó a sus hermanas las estrellas para matarla. Huizilopochtli nace entonces, la decapita y la recluye junto con las estrellas en el reino de la noche.
Los aztecas creían que cada tarde al ponerse el sol, éste repetía la escena anterior una y otra vez. Era absolutamente necesario pues, que un promedio de 60 prisioneros de guerra fueran sacrificados cada tarde. La sangre, y específicamente el corazón le daban al sol la fuerza y el valor para atravesar el abismo nocturno, y regresar victorioso al siguiente día. Otro ritual anual, que curiosamente coincidía con la Navidad, servía para activar el ciclo estacional, y otro cada 52 años (el “siglo” mesoamericano) era para renovar el orden de las cosas.
Un día de 1521 cuando el sol salió el poderoso Imperio Azteca ya no estaba, fue al final de uno de esos periodos de 52 años. Extraño... ¿no?
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